
En 1987, Madonna era la mujer más famosa del mundo. Like a Virgin había sido número 1 en todo el mundo y True Blue, su tercer álbum de estudio, había mejorado todas las previsiones gracias a temas como Papa Don’t Preach o Live to tell. El último single salido del disco fue La isla bonita, una canción que originalmente Michael Jackson llegó a rechazar, pero con la que Madonna hizo maravillas. Tanto, que se decidió que su videoclip no se iba a quedar corto, con referencias continuas a la cultura hispana. Lo que no imaginaba es que también iba a presentar al mundo a uno de los actores más reconocidos de la historia moderna.
El Benicio bonito
Y es que entre los más de 500 extras había un joven de 20 años, sentado en un coche, al que pagaron 150 dólares y que no tenía ninguna experiencia previa: un tal Benicio Monserrate Rafael del Toro Sánchez que acababa de empezar sus clases de actuación y se ponía por primera vez profesionalmente frente a las cámaras. Ese mismo año repetiría, en papeles tremendamente estereotipados, en series como Corrupción en Miami, Shell Game o Detective Privado. No saltó a la fama, precisamente.
En 1988, Paul Reubens le dio la oportunidad de debutar en el cine con la secuela de La gran aventura de Pee-Wee, El gran Pee-Wee, donde interpretó a Duke, el niño con cara de perro (esta no es una descripción mía, es el nombre del personaje). Se trataba de un papel muy secundario: Del Toro no tuvo su primera gran oportunidad hasta 1995, cuando, tras muchos secundarios, Sospechosos habituales le lanzó al éxito.
Paramount
Desde entonces, solo ha encadenado papeles icónicos: Miedo y asco en Las Vegas, Traffic, 21 Gramos, Sin City, Sicario y, últimamente, La trama fenicia o Una batalla tras otra. No sabemos si volvió a tener relación alguna con Madonna.






