
And now, for something completely different. En 1975, los Monty Python habían terminado de hacer historia con el Flying Circus después de 4 temporadas (la última, todo sea dicho, no muy buena), y se preguntaban qué sería lo siguiente. Por supuesto, se pusieron manos a la obra para llevar su estilo cómico absurdo al cine parodiando los mitos artúricos en Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores, aún ahora su mejor película, que incluía chistes como los caballeros que hacen «¡Ni!», los cocos, la canción de Camelot o la Granada de Antioquia. Y cuando todo se prepara para su épico final… Termina. Sin más.
Solo es una maqueta
Al final de Los caballeros de la mesa cuadrada, cuando el ejército se prepara para cargar, llega la policía, captura a Arturo y Belvedere como sospechosos de asesinato de un historiador moderno (que habíamos visto antes en la película) y rompen la cámara. Fin. Durante años ha habido muchas conjeturas sobre esta abrupta última escena: ¿Genialidad de los Python o simple vacile al espectador? ¿Qué querían contar? Y, sobre todo, ¿realmente tuvieron que improvisarlo porque se quedaron sin dinero?
Lo cierto es que la escena estaba en guion… pero también que no tenían una sola libra para seguir adelante. En los archivos de Michael Palin se encontraron los esbozos de otro final, en el que se libraba una cruenta batalla tras la que Arturo se hacía con el cáliz sagrado, solo para ser asesinado justo después. Sin embargo, no tenían dinero para pagar a los extras (estudiantes universitarios que participaban por 4 libras al día), así que en la fase de reescritura del guion tuvieron que salir con otro final.
Eric Idle dijo en un momento dado «Deberíamos simplemente pararla. La policía debería llegar y arrestar a todo el mundo, y hay una mano en la cámara«. Incluso su hija lo odiaba, pero no había alternativa, llegados a ese punto: ya habían cortado mucho (originalmente el guion era mucho más ambicioso, e incluso ocurría en gran parte en la actualidad) y necesitaban terminar de alguna manera. Por si tienes curiosidad, en Spamalot, el musical que adapta la película, sí que hay un final más satisfactorio: las ventajas del teatro.






